Pickpocket (1959), de Robert Bresson, director francés y maestro del cine minimalista y sobrio. Su estilo único se caracteriza por el uso de actores no profesionales llamados “modelos”, la elipsis narrativa, el sonido preciso y la ausencia de dramatismo teatral, buscando siempre captar la esencia interior y espiritual. En Pickpocket, Bresson utiliza lo que él llamaba modelos en lugar de actores. Los intérpretes no actúan ni expresan emociones exageradas; recitan sus líneas de forma uniforme para así evitar que el espectador se distraiga con la interpretación y se enfoque en la esencia interna del personaje y el ritmo de la imagen. La película es famosa por convertir el robo en un arte visual. Las manos tienen vida propia, moviéndose con una precisión y una velocidad rítmicas. Bresson filma los robos como si fueran un ballet donde el suspenso no proviene de la música, sino del sonido ambiental y la tensión del contacto físico. El montaje de Bresson es tanto visual como sonoro: el sonido del seguro de una puerta, el roce de una tela o los pasos en la estación de tren están editados con una precisión milimétrica. A menudo escuchamos el efecto de una acción antes de verla, lo que genera una atmósfera de vigilancia constante. Mediante la edición de planos de rostros inexpresivos con planos de manos en movimiento, el montaje es el que crea la emoción que los modelos se niegan a dar. Es la unión de imágenes lo que nos dice qué siente el personaje, no su cara.
En conclusión, Pickpocket redefine el cine mediante un ensamblaje de planos que
convierte el robo en un acto místico. Al despojar la obra de recursos teatrales, Bresson demuestra que la verdadera liberación de Michel no reside en su destreza técnica, sino en el cambio interno hallado a través del aislamiento y la pureza visual.
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